Tendremos que pasar la noche en vela
Los niños no deberían escuchar cuentos antes de dormir. Si los cuentos son buenos, los niños se desvelarán esperando la continuación, dibujando en el aire con el índice a su personaje favorito o simplemente rebobinando la historia en su vídeo-cabeza para ponerla otra y una vez.
Si los cuentos son malos con aire de pésimos, los niños se aburrirán tanto que, ciertamente, dormirán como benditos. A la mañana siguiente despertarán queriendo ser farmacéuticos en vez de príncipes, y por supuesto no querrán volver a aburrirse la noche siguiente, así que será imposible volver a leerles un cuento en mucho tiempo.
La repetición de malas historias nos traerá un mundo perfecto: los más avanzados serán capaces de formular drogas cada vez más complejas para que el resto traguen con un vaso de agua antes de dormir la pastilla que les haga olvidar la falta de imaginación.
Es un hecho. Y sin embargo tú me has pedido un cuento para dormir esta noche. Tú, que no eres una niña. A mí, que he hecho contigo cosas que avergonzarían a nuestros padres. Tendré que contártelo, pues, para que me tengas toda la noche en vela. Ahí va:
"Érase una vez un rey tan adicto a las palabras que, en vez de dar discursos desde el balcón, recitaba de arriba abajo uno de sus múltiples diccionarios. De tan adicto, el rey mandaba a sus vástagos a estudiar al extranjero, para que volvieran con otros idiomas llenos de libros llenos de palabras que él pudiera aprender y recitar en discursos completamente nuevos. Así fue como los príncipes y las infantas terminaron casándose, porque no conocían otra cosa, con las princesas y los infantes de los reinos contiguos.
En pocos años, cual víctima de un caballo de Troya, el rey bienparlante fue expulsado de su reino por estos advenedizos, que organizaron una curiosa moción de censura hablando todos a la vez. El monarca, temeroso de perder todo su vocabulario si lo soltaba de golpe contra aquel porrazo de estado, se encontró de pronto en el bosque que había a las afueras de lo que antes eran sus posesiones sin más bagaje que un baúl lleno de libros.
Allí le asesinaron los árboles como represalia por el secuestro y muerte de sus hermanos. El rey creyó antes de morir que era porque su idioma era el único que no había podido aprender, y lamentó no haber tenido una hija enredadera."
Duerme bien.
Si los cuentos son malos con aire de pésimos, los niños se aburrirán tanto que, ciertamente, dormirán como benditos. A la mañana siguiente despertarán queriendo ser farmacéuticos en vez de príncipes, y por supuesto no querrán volver a aburrirse la noche siguiente, así que será imposible volver a leerles un cuento en mucho tiempo.
La repetición de malas historias nos traerá un mundo perfecto: los más avanzados serán capaces de formular drogas cada vez más complejas para que el resto traguen con un vaso de agua antes de dormir la pastilla que les haga olvidar la falta de imaginación.
Es un hecho. Y sin embargo tú me has pedido un cuento para dormir esta noche. Tú, que no eres una niña. A mí, que he hecho contigo cosas que avergonzarían a nuestros padres. Tendré que contártelo, pues, para que me tengas toda la noche en vela. Ahí va:
"Érase una vez un rey tan adicto a las palabras que, en vez de dar discursos desde el balcón, recitaba de arriba abajo uno de sus múltiples diccionarios. De tan adicto, el rey mandaba a sus vástagos a estudiar al extranjero, para que volvieran con otros idiomas llenos de libros llenos de palabras que él pudiera aprender y recitar en discursos completamente nuevos. Así fue como los príncipes y las infantas terminaron casándose, porque no conocían otra cosa, con las princesas y los infantes de los reinos contiguos.
En pocos años, cual víctima de un caballo de Troya, el rey bienparlante fue expulsado de su reino por estos advenedizos, que organizaron una curiosa moción de censura hablando todos a la vez. El monarca, temeroso de perder todo su vocabulario si lo soltaba de golpe contra aquel porrazo de estado, se encontró de pronto en el bosque que había a las afueras de lo que antes eran sus posesiones sin más bagaje que un baúl lleno de libros.
Allí le asesinaron los árboles como represalia por el secuestro y muerte de sus hermanos. El rey creyó antes de morir que era porque su idioma era el único que no había podido aprender, y lamentó no haber tenido una hija enredadera."
Duerme bien.
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zzzz...